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Óleo de Cristina Megía

viernes, 24 de agosto de 2012

Tokio (2009)



El inspector Auster se encontró aquella mañana sobre la mesa los informes de tres casos, con una nota del comisario en la que le indicaba que abandonara todo lo demás y se dedicara en exclusiva a ellos.
Los tres casos presentaban similitudes, mujeres de mediana edad, en torno a los cincuenta años, del mismo barrio, habían aparecido muertas sin aparentes signos de violencia exterior.  Todo parecía indicar que se habían suicidado: una arrojándose a las vías del metro al  paso de un convoy, otra saltando desde un quinto piso al patio interior del edificio de vecinos donde residía y la tercera atiborrándose de aspirinas, lo que le produjo una úlcera y la inevitable hemorragia que la desangró.
El inspector leyó los informes de la policía científica y del forense, no había nada que indicase la participación de un tercero en aquellas muertes, pero su instinto le decía que no podía ser casualidad.
Acudió al instituto forense para examinar los cadáveres en busca de alguna pista que hubiera pasado desapercibida hasta ese momento y descubrió una coincidencia asombrosa. Las tres mujeres parecían recién salidas de la peluquería.
En el barrio donde vivían las víctimas había varias peluquerías, pero después de algunas discretas indagaciones averiguó que las tres eran clientas de la peluquería Tokio.
Se anunciaba como un salón de manicura, estética y relajación, pero al entrar el local el inspector tuvo la impresión de que no era más que una modesta peluquería de barrio. Al frente de la misma había sólo una persona, Nuria, una peluquera de unos treinta años, no muy alta, morena y con el pelo corto pero muy cuidado. Su mirada era penetrante y su voz tenía un extraño acento extranjero que el inspector no supo identificar.
Auster se hizo pasar por un cliente y preguntó si le podía hacer la manicura y cortarle el pelo. Ella respondió con una amabilidad que al inspector le pareció fingida.
   ¡Cómo no!
Mientras le enjabonaba la cabeza la peluquera comenzó a hablar del sol que declina y de una misteriosa niebla negra que inundaba las tardes en algunas ciudades. El inspector sintió algo de desasosiego, pero la animó a continuar. Nuria continuó hablando con voz despaciosa y casi susurrante. Auster comenzó a sentir que el desasosiego se convertía en un abatimiento profundo y cuando Nuria pronunció la frase “ya no humano” el inspector decidió salir de la peluquería  prácticamente huyendo, tambaleante, apenas balbuceando una excusa, dejó un billete de veinte euros sobre el mostrador.
Al salir a la calle vio acercarse a un camión, de esos que transportan combustible, y sintió el deseo de arrojarse bajo sus ruedas. Su mente estaba envuelta en una densa niebla negra, la luz del sol había declinado completamente y ya no se sentía humano. Cerró los ojos y se dispuso a lanzarse, en ese momento una mano sujetó con fuerza su brazo.
   ¡No, tú no!, dijo la peluquera.
Auster abrió los ojos, y vio su cara a uso centímetros de la suya. Y en ese momento tuvo que decidir sobre el dilema más importante de su vida, besar los labios que le ofrecían o sacar las esposas.

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