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Óleo de Cristina Megía

domingo, 21 de diciembre de 2014

Cuento de invierno

Observo la ciudad desde el interior del taxi y me parece otra, como si no fuera la mía, esa en la que he residido salvo breves intervalos toda mi vida. Me veo como un forastero que hubiera estado ausente en los últimos veinte o treinta años, que se asombra de cómo han crecido sus avenidas y advierte sorprendido los comercios nuevos que han brotado en sus viejos edificios.

La memoria es contumaz y se empeña en mantener en mi mente la imagen de estas calles como eran hace medio siglo, cuando yo rondaba la veintena. Ahora parezco un viajero del tiempo (el taxi convertido en cápsula temporal) que hubiera avanzado en un instante cincuenta años y mirara deslumbrado los cambios en la fisonomía de la ciudad.
Esta tarde voy a recoger un premio que me otorga el ayuntamiento en agradecimiento a mi larga carrera profesional, casi cinco décadas de servicio a la ciudad que me reconocen ahora, más por mi perseverancia y constancia que por otros méritos.

El taxi frena con cierta brusquedad ante un paso de peatones para dejar paso a una joven de andares despreocupados y melena rizada. Sus labios grandes y carnosos avivan en mí el recuerdo de Francesca, el amor prohibido de mi primera juventud, aquella que me llamaba “animal gracioso y benigno”. En aquella época el futuro se abría para nosotros como un mosaico de infinitas posibilidades, y la vida podía recorrerse descalzo, como ella andaba siempre en su casa y en la mía, despreocupada y confiada, sin ese invento del maligno que es calzado, decía burlándose de mí. Francesca consideraba, incluso a la más leve chinela, como un artificio que nos alejaba del contacto natural con la Tierra, por lo que solo se calzaba cuando resultaba imprescindible. Recuerdo sus pies menudos y carnosos haciendo cosquillas en mi espalda, anunciando con pereza que era hora de levantarse de la cama.

El automóvil recorre ahora veloz la Gran Vía y los ocres de las últimas hojas de los ginkgo biloba se difuminan en el paisaje tamizadas por la luz de los presurosos atardeceres del invierno. Estos árboles carecen de parientes vivos, son unos fósiles vivientes.  Quizás como yo ahora, una persona del siglo pasado que sobrevive en esta centuria de asombros permanentes. Hasta cierta edad todos nos sentimos tan singulares como estos viejos árboles, e incluso somos tan ingenuos de creer irrepetibles a los demás, como durante tanto tiempo creí única a Enma, mi primera esposa. Luego, el tiempo, del mismo modo inapelable con el que despoja de sus hojas el ambulacro, desnuda a las personas. Al cabo de unos años ya no soportaba a Enma, tan distinta resultó ser de aquella imagen que tan obstinada e ingenuamente había elaborado de ella. Cuando un día apareció con el pelo tintado de naranja, supe con certeza que debía divorciarme; no tardé ni dos meses en abandonar la que había sido mi casa.

A mitad del camino, nel mezzo del cammin della nostra vita,, uno ya es consciente plenamente de los errores cometidos, aunque todavía se dude de los aciertos; el mayor acierto de mi vida fue Beatriz, mi pareja tras el rápido e indoloro divorcio. Entre el bullicio de gente que cruza Puerta Real, mientras el taxi se demora ante un semáforo en rojo, busco la cara de Beatriz, como la busqué aquel día de hace veinte años. A la cincuentena ya no queda margen para muchos errores, ni hay espacio para ingenuos autoengaños; los senderos de la vida se han bifurcado, hemos elegido y ya no hay posibilidad de retorno. Por eso cuando aquel día vi a Beatriz, destacando entre las demás, con su grácil cuello y sus movimientos elegantes, tuve la certeza de que sería la elegida. La compañera de una vida nueva, una vita nuova que resultó tan intensa como fugaz.


El taxi se detiene ante el edificio histórico donde se entregarán los premios, pago al taxista y salgo con dificultad del vehículo. Al invierno de la vida he llegado solo, realmente uno siempre muere solo y esta es una edad de preparación. La muerte de Beatriz fue un ensayo general y por un instante imagino que este premio es como un funeral anticipado. Pese a todo, mientras recibo los abrazos y felicitaciones de los amigos, pienso que hay que vivir cada momento, también con setenta años. Carpe diem.