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Óleo de Cristina Megía

viernes, 24 de agosto de 2012

Clara (Navidad 2009)



—No te enteras de nada, chica.
Clara recordaba ahora esas palabras que tan a menudo le repetía Cristina, mientras una sonrisa asomaba a sus labios. No sabía porqué, pero en los momentos más dramáticos, cuando estaba a punto de derrumbarse y derramar miles de lágrimas, a Clara le venían a la mente frases, ideas o situaciones paradójicas o simplemente ridículas, que la hacían sonreír. —Debe de ser un mecanismo de  compensación, pensaba. No era una mujer de lágrima fácil, ni solían desbordarla las situaciones o deprimirla los acontecimientos; a Clara sólo le hacían llorar las personas.
Por ejemplo, Pablo. A ella le pereció tan encantador, con ese aire de seductor tímido, incapaz apenas de mirarla a los ojos cuando le decía cosas tiernas, tan atento a su mínimo deseo, en fin, tan distinto a los otros hombres que Clara había conocido. No es que hubieran sido muchos, pero ella tenía ya treinta años, lo suficientes como para saber que éste era diferente a todos los demás.
Clara se preguntaba ahora, mientras retiraba los adornos navideños, aunque aún no había llegado siquiera nochevieja, hasta qué punto podemos conocer a los demás qué parte hay de autenticidad y qué de fingimiento en lo que se nos muestra de cada uno.
Por ejemplo, Pablo. Llegó al estudio en el que Clara trabajaba como delineante hacía cuatro meses, era un interiorista encargado de un proyecto especial, un hotel de lujo que se había encargado a “Merlo, Arquitectos Asociados”, y a todas las mujeres del estudio, incluida Marta, su jefa, les pareció guapísimo. Tenía aspecto de galán antiguo, de rasgos marcados y belleza contundente, pero con una mirada inocente y una sonrisa tímida que desbarataba toda posible arrogancia. Era, además, muy cuidadoso con su vestimenta, demasiado atildado según su amiga Cristina, pero a Clara le parecía elegante y sofisticado.
Clara a menudo se obsesionaba por comprender a las personas y la realidad que la rodeaba y analizaba los hechos una y otra vez, hasta en sus mínimos detalles para explicarse las reacciones de los demás. A veces un simple comentario o una sonrisa que le parecía despectiva o condescendiente le llevaba horas de análisis e introspección. Por eso no soportaba la mentira, no tanto por lo que comportara de engaño o deslealtad, sino porque suponía un impedimento en su intento de comprender intensamente el mundo. Era obsesiva y detestaba a los mentirosos.
Por ejemplo, Pablo. Aunque era tan amable, siempre con una palabra de halago para su nueva blusa, un comentario para su cambio de peinado o un elogio para esos zapatos tan caros que por primera vez le hizo sentir que había merecido la pena un gasto a todas luces excesivo. Clara empezó a arreglarse pensando especialmente en él y se compraba un broche de bisutería o unos pendientes esperando un comentario suyo, incluso alguna ropa especialmente descotada o ajustada que en otras circunstancias nunca se habría puesto ahora se la colocaba cuando iba al estudio.
Clara había llegado a convertirse en una buena analista de la realidad, a comprender su entorno y predecir las reacciones de los demás, por ello no era fácil engañarla ni manipularla sentimentalmente. Era muy racional y tenía muy claro lo que podía esperar de los demás, pero cuando se sentía engañada se lo tomaba como una tragedia y nunca perdonaba al farsante.
Por ejemplo, Pablo. Al cabo de llevar dos semanas en el trabajo la invitó a ir al teatro y a cenar, a Clara le pareció una consecuencia lógica de su paciente trabajo de seducción, de la dosis adicional con la que se perfumaba por las mañanas o de esas medias tan llamativas que se ponía con la minifalda. Cuando, después de salir juntos durante cincuenta y cinco días, él le propuso que se fueran a vivir juntos, ella pensó que se había completado su plan. Pablo se fue a vivir a casa de ella, pues él acababa de llegar a la ciudad y todavía no estaba totalmente instalado. Hace ahora exactamente dos semanas que apareció con sus maletas, un abeto natural y unos preciosos adornos navideños de estilo veneciano.
Clara creía haber alcanzado la madurez intelectual y la estabilidad emocional. Comprendía el mundo y tenía un hombre que la amaba y compartía su vida con ella. Es cierto que en la cama, aunque esforzado, era poco hábil,  pero ella esperaba adiestrarlo sutilmente en las técnicas del placer y, en cualquier caso, la envidia que provocaba en las demás compensaba cierta insatisfacción sexual, que por otra parte siempre era preferible a los largos periodos de abstinencia anteriores. Pero este mundo perfecto era en extremo frágil y exigía que las cosas fueran como parecían, que no hubiera en él un traidor.
Por ejemplo, Pablo. Aquella mañana Clara se había sentado ante el ordenador para consultar unas compras de ropa que había hecho por Internet y recurrió al historial del explorador para encontrar la página que había consultado la noche anterior. Allí descubrió una reciente visita a una página de homosexuales, y aunque  no había rastros de otras visitas a esa página en días anteriores, Clara sabía de informática lo suficiente como para averiguar todas las páginas abiertas en las últimas semanas. Pese a que Pablo había borrado los rastros más evidentes, no había eliminado los archivos ocultos que delataban su asiduo deambular por páginas y chats gais.
Clara metió las ropas de Pablo en una par de bolsas de viaje y las dejó junto al ordenador, encendido y conectado a una página en la que aparecían jóvenes que, bien vistos, se parecían mucho a Pablo y salió a la calle. Cuando volvió las ropas no estaban y una nota adherida a la pantalla del ordenador tenía escrito “Lo siento”. Ahora, cuando las lágrimas afloraban por primera vez mientras retiraba las bolas venecianas del árbol de Navidad, recordaba las palabras de su amiga. Lo que más le dolía no era el engaño o haber perdido a un hombre que parecía magnífico, sino la sensación de vivir en un mundo incomprensible.
—Chica, es que no te enteras de nada, pensó, mientras una sonrisa afloraba a sus labios.

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