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Óleo de Cristina Megía

viernes, 24 de agosto de 2012

Los cuadernos de Francesca (Navidad 2010)



Cada vez que rompía con Francesca, me compraba un cuaderno. Como han sido muchas las veces que esto ha ocurrido a lo largo de nuestros seis años de relación, resulta que he llegado a coleccionar un buen número de ellos.
En cada cuaderno iniciaba un relato o un conjunto de ellos relacionados entre sí. Mi escritura duraba lo que nuestra separación, pues cuando volvía con Francesca la intensidad de nuestra relación no me permitía volver a escribir. Cada cuaderno es, pues, una marca de mi paso por el infierno de los enamorados.
Los temas de mi escritura son heterogéneos, no así los motivos de nuestras disputas que nacían siempre de la coquetería de Francesca con otros hombres, los celos prenden fácilmente en mí y su respuesta displicente a mis recriminaciones acababan por estropearlo todo.  Sin embargo nada de esto se refleja directamente en mis relatos, mis cuadernos han sido un refugio blindado en medio de la desolación amorosa.
En el cuaderno de tapa roja narro las peripecias de un viajero que recorre la Italia del Renacimiento y en cada ciudad se encuentra con un personaje idéntico, un tipo de asombroso parecido a un conocido político italiano,  que en Florencia era uno de aquellos escribanos toscanos que imitaban el estilo de escritura auténtica de los antiguos, en Venecia un barbero mujeriego con bella voz de barítono y en Rávena un buhonero de fácil palabrería al que sus vecinos conocían como Buff.
El cuaderno verde trata de la vida de Estanislao León, miembro de la comisión que elaboró el proyecto de Constitución Federal de la República Española durante el Gobierno de Pi i Margall y que, tras una muerte accidental, se reencarnó en sucesivos canes de la familia real, y desde esta perspectiva contempla con ironía y escepticismo la Historia de España.
El cuaderno marrón contiene una conjunto de aforismos de un pensador, positivista acérrimo, que quiso pertenecer al Círculo de Viena pero que tuvo la desgracia de nacer con cincuenta años de retraso, y todo lo que piensa y escribe, ya lo había pensado y escrito otro antes que él. Su obra, inédita, se denomina, como ya habrá adivinado el lector, Tractatus.
Este material variopinto y otro contenido en diversos cuadernos, fruto todo él de la veleidades de Francesca, no fue pensado para publicarse, simplemente es el cuaderno de bitácora que describe metafóricamente el rumbo, la velocidad, las maniobras y demás accidentes de mi travesía sentimental.
Nuestras rupturas siempre se producían en sábado, pues los días de semana apenas nos veíamos brevemente, cansados por la jornada laboral y sin el ánimo o la fuerza necesaria para emprender una disputa.
Esto me obligaba a buscar los cuadernos en domingo, y no es fácil encontrar una papelería abierta ese día. Recuerdo mis paseos en las frías mañanas de invierno, con la ciudad todavía dormida y restos de nieve sucia en el suelo, buscando un negocio que abriera en festivo. Por ello la papelería-librería de Lola fue un descubrimiento, ella tiene una gran variedad de cuadernos, todos de la misma marca, con tapas de vivos colores y páginas de blanco lino.
Lola y yo hemos llegado a ser buenos amigos, a ella le  compro siempre la tinta para mi estilográfica y los lápices marca Alpine, también me guarda la revista literaria de la que soy asiduo y, por supuesto, me suministra los cuadernos, aunque éstos únicamente los domingos de desengaño. Cuando el miércoles pasado me llamó para decirme que la casa que fabrica mis cuadernos había hecho una edición limitada, de lujo, con brillantes tapas negras y el doble de páginas que los ordinarios, supe que no podía dejar pasar la oportunidad.
Francesca y yo reanudamos nuestra relación el pasado verano, pero ayer por la tarde la llamé para decirle que todo había terminado entre nosotros. Esta mañana, como tantos otros domingos, he ido en busca de Lola y he comprado el cuaderno de tapas negras. Ahora,  mientras cae la tarde y algunos copos de nieve se depositan lentamente en el alféizar de mi ventana, he comenzado la escritura de mi primera novela, cuyo prólogo lo forman estas palabras.

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