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Óleo de Cristina Megía

jueves, 23 de agosto de 2012

Cena de Nochebuena (Navidad 2002)



- ¡Otra vez de guardia! – había exclamado Raquel al conocer la noticia unos días antes; su marido, el inspector Lorenzo Movillas de la Comisaría del distrito norte, había tratado de justificarse aduciendo que era el más joven de la comisaría y que por ello era lógico que el 24 o el 31 de diciembre tuviera que hacer guardia, además el dinero extra no les venía nada mal para pagar las clases de inglés y de no sé cuantas más actividades extraescolares a las que estaban apuntados sus hijos.
Pese a que el inspector había insistido en que lo más probable era que esa noche no sucediera nada relevante y él pudiera cenar tranquilamente con la familia, su esposa le había recordado que los dos últimos años había tenido que abandonar precipitadamente la casa durante la cena de Nochebuena, dejándola  sola con los invitados.
Ahora Raquel lo tenía todo dispuesto para la cena, la mesa cubierta con un mantel de hilo y la cubertería y la cristalería colocadas conforme a las estrictas reglas de un manual de protocolo que su marido le había regalado la pasada Navidad, incluso se había fabricado una pequeña varita para medir la distancia entre los platos de los comensales, tal y como había visto en un programa de televisión que se hacía en el Palacio de Buckingham, aunque eso sí, su vara había necesitado ser cortada en varias ocasiones y dejada considerablemente más pequeña que la que se usa en los banquetes de Su Majestad para poder acoplar a toda su familia en la mesa del salón.
Los invitados llegaban puntualmente y Lorenzo tenía la sensación de haber vivido aquello muchas veces, como esas pesadillas recurrentes que una y otra vez asaltan nuestros sueños, sólo había algo que le resultaba novedoso, desde hace un par de años notaba a sus cuñados notablemente envejecidos, como si ahora los años pasaran por ellos no de uno en uno, sino de cinco en cinco,  sin embargo no ocurría lo mismo con las mujeres de la familia, y aunque no podía impedir cierta complacencia en ello, se preguntaba si los demás observarían en él los mismo síntomas.
Antes de que cada uno se sentara a la mesa, en el lugar indicado en pequeños cartelitos impresos en cartulinas de color salmón, sonó el teléfono y un silencio expectante se hizo en el salón, Lorenzo contestó con varios monosílabos y terminó con un – ahora mismo voy -, que hizo saber a todos que había vuelto a arruinar la cena de Nochebuena preparada por Raquel.
Avanzó con su coche rápidamente por la Avenida Norte, sin necesidad de la sirena pues la ciudad parecía desierta, las luces amarillentas de las farolas se reflejaban en un asfalto mojado por la lluvia que había caído durante toda la tarde perdiéndose su destello en el horizonte. En diez minutos estaba el inspector ante la entidad financiera donde había indicios de un intento de robo, la alarma había saltado hacía unos treinta minutos y los guardias de seguridad, que con prontitud se habían desplazado a la sucursal nº 10 del Banco de Negocios, habían comprobado que la puerta había sido forzada y se había abierto un boquete por el que podría haber entrado, y quizás salido, el ladrón. Posteriormente, tras llamar a la policía, se había desplazado al lugar un vehículo patrulla con dos agentes, quienes tras comprobar la denuncia de la empresa de seguridad habían llamado a la central para que el inspector de guardia se hiciera cargo del caso.
El inspector Movillas, nada más llegar, ordenó a uno de los agentes que lo siguiera por el mismo hueco abierto por el atracador, o los atracadores,  y se introdujo en la oficina; dio las luces y  comprobó minuciosamente el interior de la misma, se aseguró que allí no había nadie y observó que no existía ningún tipo de daño, la caja fuerte no había sido forzada. Salió y dio orden a sus hombres de que regresaran a comisaría, él dijo  - yo sé donde debo ir.
La atmósfera del bar Hawai era densa, pese a que había pocos clientes a esa hora, posiblemente debió estar concurrido hasta no hace mucho pues el suelo estaba cubierto de un aserrín que empapaba el agua dejada por los últimos clientes. En una esquina se encontraban el Manteca, dueño del establecimiento, con su mujer y sus dos hijos adolescentes, en el otro extremo tres hombres de aspecto desaliñado, delgados, con barba de varios días y algo bebidos, a juzgar por el número de botellas de vino que había sobre la mesa. ¡Feliz Nochebuena inspector!-, gritó uno de ellos al levantar Movillas la persiana metálica a medio echar que daba acceso al bar, el inspector se sentó en la mesa de los tres hombres y los miró fijamente. ¿Quiénes son estos, Lubina?-, preguntó dirigiéndose a quien lo había saludado al entrar.
Dos horas después los tres hombres y el inspector dejaban el bar Hawai y se dirigían a la comisaría, el inspector les tomó declaración rutinariamente ante su mesa, en la que siempre había un código penal, como si fuera el misal de un sacerdote. A las cuatro de la mañana los detenidos salían, tras recoger sus pertenencias por la puerta principal. Unos metros más adelante el inspector Movillas llamó al Lubina, éste se acercó y le dijo:

           - Gracias por la cena, inspector, los langostinos y el jamón estaban como Dios.

          - Gracias a ti, Lubina-, respondió el inspector, estrechándole la mano y dejando en la misma un billete de 50 euros.

Ese era el precio que pagaba desde hace un par de años por tener una cena de Nochebuena decente.

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