Todas las mañanas, cuando mis amigas y yo bajábamos a desayunar a la cafetería que hay cerca de la Universidad, lo veíamos absorto en la escritura sobre una libreta. Sentado siempre en la misma mesa, junto al ventanal, con una taza de café ya acabada y un libro desvencijado junto a la taza. Al principio no le prestamos atención, pero la repetición día tras día de la misma escena, despertó nuestra curiosidad.
—¿Será un poeta bohemio, como los que escribían en los cafés de París hace un siglo?, preguntaba Micaela.
—¿O acaso un loco que escribe sus desvaríos, creyéndose un poeta bohemio como los que escribían en los cafésde París hace un siglo?, —apostillaba Carolina con ironía. Y todas nos reíamos de nuestras propias ocurrencias.
Era un tipo de aspecto común: mediana edad, más viejo que joven, ni muy alto ni muy bajo y de complexión delgada, aunque no frágil. Vestía de modo informal, con ropa de calidad, aunque un tanto ajada, como si viviera de las rentas de tiempos mejores. Usaba siempre un pantalón de varios bolsillos, camisas sin corbata y chaqueta; incluso en lo más crudo del invierno, nunca le vimos un abrigo o un paraguas. No sabemos cómo se guarecía de la lluvia o del intenso frío, porque siempre llegaba antes que nosotras y todavía permanecía en su mesa cuando nos marchábamos. Supusimos que viviría cerca de la cafetería.
Magda, la camarera que servía las mesas, una chica más joven que nosotras, simpática y desenvuelta, nos dijo que comenzó a ir a la cafetería unos meses antes que nosotras. Llegaba a primera hora y permanecía hasta media mañana en la misma mesa, ante la desesperación del dueño que, en las horas de más bullicio, se quejaba de que era un abuso ocupar tanto tiempo una mesa con solo un café. No sabía el nombre del cliente, solo que cada día pedia un café con leche y un vaso de agua de modo amable y que, cuando se marchaba, siempre dejaba en la barra el importe exacto de la consumición. Jamás lo vio hablar con nadie, solo intercambiaba saludos de cortesía con los parroquianos habituales, las más de las veces con un mero gesto con la cabeza. Lo más curioso, nos advirtió Magda, es que siempre está leyendo, pero en cuanto llegamos las cuatro, comienza a escribir en su libreta y solo cuando nos marchamos vuelve a la lectura. Aquella información avivó nuestra curiosidad, al sospechar que su escritura pudiera estar relacionada con nosotras.
Berta, que es la más observadora de las cuatro, fue capaz de predecir, ante el asombro de las otras tres, qué camisa llevaría cada día. Había detectado que su vestimenta seguía un ciclo uniforme, cambiaba de pantalón cada semana, y de camisa cada día, siguiendo la misma rutina: lunes camisa azul, martes a rayas finas verdes, miércoles en tono beige, etc. Cuando todas alabamos sus dotes adivinatorias, ella le quitó importancia.
—Soy socióloga, estoy acostumbrada a descubrir patrones, —respondió.
Sin embargo, aquella observación delataba a un tipo un tanto obsesivo o maniático, lo que nos provocaba cierto desasosiego.
Magda nos había dicho que siempre estaba leyendo un libro viejo o escribiendo en la libreta. Nosotras, por nuestra parte, nuca lo vimos hojear el periódico o mirar un telefonillo que, de tenerlo, debía estar guardado en algún bolsillo; tampoco oímos nunca sonar el timbre de una llamada o de un mensaje. A veces se quedaba ensimismado mirando al vacío, con un ligero rictus en los labios, que podría interpretarse como una ensoñación o, quién sabe, una muestra de enajenación.
El cuaderno era un bloc cuadriculado, tamaño cuartilla, de esos que usan los escolares, desgastado por el uso y con algunas manchas en la tapa. Los libros que leía eran tan viejos, que podía percibirse desde nuestra mesa el olor a polvo incrustado entre sus páginas durante decenios. No sabíamos bien de qué trataban, pese a que lo intentamos más de una vez aguzando la vista desde nuestra mesa. Solo en una ocasión, en la que disimuladamente pasé junto a él, camino de cuarto de baño, puede leer el título y el autor de la obra que llevaba ese día: «La decadencia de Occidente» de Oswald Spengler.
Mis amigas y yo trabajamos en distintos departamentos de la Universidad, pero todas en el mismo campus: Micaela es directora de recursos humanos, Carolina, gerente de la Facultad de Sociología, Berta, profesora de Psicología Social y yo de Literatura Comparada. Todas hemos rebasado ya los cuarenta, pero cuando nos juntamos para el desayuno o algún viaje corto y ocasional, nadie diría, por nuestro comportamiento, que hubiéramos llegado siquiera a la treintena.
Empezamos, como una diversión, a especular sobre el individuo. Hasta que Berta, siempre tan ingeniosa, propuso un juego: durante los siguientes días cada una de nosotras llevaría inventada una historia sobre esa persona, al final votaríamos el relato ganador y la vencedora sería invitada al desayuno por las demás durante una semana. La historia podría llevarse por escrito o ser oral, el único requisito es que fuera coherente con lo poco que sabíamos de él. Todas asentimos entusiasmadas y, desde ese momento, comenzó nuestra mente a fantasear posibles relatos.
—Por cierto, lo llamaremos Alfredo —añadió Berta.
Y aunque no lo mencionó, todas sospechamos que le puso el nombre del que fue su director de tesis, un eminente psicólogo social ya fallecido, con el que mantuvo hace años una relación convulsa, que fue más allá de lo académico.
Carolina fue la primera, el lunes nos contó lo siguiente:
—Imagino que ha sido un profesor de enseñanza media, de los que se jubilan pronto, tras años de vocación empeñado en una tarea de enorme desgaste y frustración. Reutiliza su antigua ropa de trabajo, paga la pensión a su exmujer y le sobra tiempo. Ahora que no tiene trabajo, tampoco sabe muy bien qué hacer con las horas. Él, que tanto fantaseó en los años previos a la jubilación.
Va a la cafetería simplemente porque la soledad de su casa lo abruma, deja pasar el tiempo, contempla a la gente que entra y sale, pero tampoco hace amigos. Las personas, por lo general, le aburren.
Ha intentado un par de relaciones sentimentales tras su divorcio, pero antes de acabar la primera cita ya está arrepentido; luego le cuesta deshacerse de la pareja. Así que procura llevar una vida sencilla: compra algún ejemplar en librerías de lance, escribe epigramas en una libreta que dejó olvidado un antiguo alumno y, cada vez que acaba un libro, lo arroja directamente a un contenedor de basura. No quiere acumular bienes para evitarles a sus hijos la penosa tarea de deshacerse de ellos.
«Como un noble arruinado entre las ruinas de mi inteligencia», el verso de Gil de Biedma resuena en su cabeza, como el leitmotiv de una vida que apura con desgana.
Eso es todo —concluyó Carolina.
Las otras tres quedamos un tanto abatidas.
—Chica, para una vez que puedes imaginar la vida de alguien, y solo se te ocurre esa historia triste y deprimente —le reprochó Berta.
—Como la vida misma —respondió Carolina. A ver qué haces tú.
–Ya veréis –dijo Berta, desafiante.
Berta apareció el martes con unos cuantos folios mecanografiados. Nos asustó que su historia pudiera ser larga y aburrida, pero nos prometió que no sería ni lo uno o lo otro, porque Alfredo, dijo, mirando con disimulo al hombre sobre el que fantaseábamos, «es un expresidiario». Todas abrimos los ojos con desmesura, Micaela aplaudió con ligero entusiasmo y Carolina exclamó un sonoro ¡oh. Berta, con mucha teatralidad, comenzó su lectura mientras las demás bebíamos el café y mordisqueamos las tostadas.
«Alfredo era un abogado de cierto prestigio, especialista en derecho mercantil, con buenos contactos profesionales, pero de escasa vida social. Es tímido y poco sociable, prefiere la lectura y la música a la vida mundana. Estuvo casado, hasta no hace mucho, con una mujer mucho más joven que él. Para el mayor de ambos era su primer matrimonio, mientras que, para ella, que rondaba la treintena, eran ya sus segundas nupcias. Alfredo confiaba plenamente en su mujer y, pese a la diferencia de edad, no se permitía ser celoso, pensaba que los celos degradan a las mujeres.
Hasta que un día, un compañero de despacho, lo llevó a tomar una cerveza y le contó que un conocido de ambos la había visto salir del hotel de una localidad cercana con otro hombre. Al parecer el affaire de su esposa comenzaba a ser vox populi en el mundo de los abogados, «te lo cuento, porque el marido es siempre el último en enterarse», comentó compungido el compañero.
Alfredo agradeció la información y salió a tomar el aire a la calle. Se sorprendió a sí mismo por la calma con la que, pese a ser totalmente inesperada, se había tomado la noticia. Pero tampoco se extrañó, tuvo la extraña sensación de ser algo ya vivido, o acaso sabido inconscientemente. Mantuvo la calma y no le dijo nada a ella, pero ese viernes, en el que su esposa salió de casa con la excusa de ir a visitar a una amiga, él se dirigió al hotel donde habían sido vistos y esperó.
Ya anochecido salieron ambos, ella le cogía del brazo y le reía alguna gracia al tipo, el cual tenía un aspecto bastante vulgar, incluso algo macarra, con una horrible camisa floreada y más botones de la cuenta desabrochados. Tampoco le sorprendió, aunque no supo por qué.
Se acercó serenamente a ellos, su esposa se puso pálida, se soltó del brazo de su acompañante e intentó decir algo, pero la voz no le salió de la garganta. Su amante lanzó una mirada desafiante a Alfredo, quien no había previsto nada para esa situación. Como tenía la sensación de deja vu, supuso que los hechos sucederían de modo natural.
Lo que ocurrió es que, cuando lo tuvo cerca y el otro se puso brazos en jarras, con las piernas un poco abiertas y enviado una mirada desafiante; nuestro hombre le lanzó una patada a los testículos tan de improviso, que el receptor de la agresión no tuvo tiempo de protegerse. Solo profirió un insulto y se cubrió con las manos la parte dañada, lo que aprovechó Alfredo para atizarle un puñetazo directo en el estómago. Le vinieron entonces a la mente las veladas de boxeo que veía de niño con su padre en el televisor (Urtain, Pedro Carrasco, …) y le soltó un crochet de izquierda a la altura del hígado, que dejó al otro sin respiración, lo que aprovechó el agresor (así lo diría más adelante la sentencia) para cogerle la cabeza con las dos manos y traerla con fuerza hacia sí, a la vez que levantaba la rodilla y le partía la nariz, dejándolo inconsciente.
Seguidamente se agachó con intención de golpearle con los puños en la cara ya maltrecha, pero intuyó que algo había ido mal, quizás el repentino tono amoratado de los labios o los ojos vueltos y apagados, le advirtieron que no debía continuar. Dejó al individuo tirado en la calle, mientras su mujer lanzaba unos sonidos entrecortados y agudos, que más parecían hipidos que chillidos. Se dirigió a un paseo cercano y se sentó en un banco a esperar a la Guardia Civil, sin saber, todavía, que, en la caída, el desgraciado se había golpeado la nuca con el borde la acera y había muerto».
—Aquí acabo la primera parte de mi historia —dijo Berta—; no me ha dado tiempo a escribir más.
Las otras tres nos quedamos intrigadas y le hicimos algunas preguntas sobre el caso, pero ella nos advirtió que no sabríamos cómo continuaba la historia hasta el día siguiente.
El miércoles, las tres amigas de Berta miramos a Alfredo y vimos que, en efecto, podía perfectamente ser un homicida, un hombre capaz de matar por amor o por despecho. Aguardamos con impaciencia la continuación de la historia.
Berta, consciente del suspense que había generado su relato, continuó su lectura sosegadamente, con algo de teatralidad en la declamación:
«En el juicio lo defendió un compañero del bufete, el mismo que le había dado la noticia, que como jurista quizás no fuera muy fino, pero lo compensaba con extraordinaria habilidad en el estrado. Consiguió que los hechos se calificaran de homicidio imprudente, con la atenuante de trastorno mental transitorio, ante un jurado, mayoritariamente femenino, que fue comprensivo con el relato más sentimental que jurídico que hizo el letrado de la defensa. Todo ello ante la desesperación de la fiscal, que lo acusó varias veces de estar manipulado a los miembros del jurado, sin embargo, la presidenta del tribunal, reprochó a la representante del Ministerio Público sus interrupciones, y le permitió al defensor seguir con su historia sobre el marido enamorado y el shock "al comprobar con sus propios ojos la vileza del engaño", expresión con la que el letrado se deleitó con teatralidad ante el jurado.
Fue condenado a una pena de prisión de dos años de duración y a indemnizar a la familia del fallecido (separado y con dos hijas), pero el tribunal propuso la dejar en suspenso la ejecución de la pena de prisión, a condición de que en dos años no cometiera el mismo delito, mostrara arrepentimiento y abonara la responsabilidad civil voluntariamente. Para sorpresa de todos, Alfredo no aceptó».
—Lo siento chicas, ayer tuve una tarde muy atareada y no pude escribir más—explicó Berta.
Las amigas la miramos con reprobación.
—Vaya con Sherezade —exclamó, Micalela—, no nos irás a tener mil y una mañanas enredadas con la historia.
Berta prometió terminarla al día siguiente y, desde luego, se negó a desvelar la causa por la que Alfredo no aceptó la propuesta del tribunal.
Así continuó la historia el jueves:
«Alfredo ingresó en prisión a cumplir la condena, la indemnización tendría que pagarla, pero el proceso civil para su cobro no sería fácil para la otra parte, él tenía sus inversiones anteriores al matrimonio protegidas por razones fiscales y buena parte de sus bienes a nombre de un fideicomisario. Otro abogado del despacho, este más sutil en la interpretación del derecho, consiguió que, la indemnización se pagara con los bienes gananciales. De este modo, tras el divorcio, a ella no le quedó ni un euro de aquel desafortunado matrimonio, todo el capital que habían ahorrado juntos se lo llevó la esposa de su amante (estaban separados, pero no divorciados) y las dos hijas que aquel tenía.
Alfredo, en la cárcel, fue tratado como un "hombre de respeto". Alguien que acepta ingresar en prisión por no arrepentirse de haber matado al amante de su esposa es reconocido en el mundo carcelario con el aura legendaria de los héroes. Gracias sus conocimientos jurídicos, durante su estancia en el centro penitenciario asesoró a otros reclusos, lo que acrecentó la estima de sus compañeros de presidio. También entre la población reclusa femenina se extendió su fama y no pocas chicas se acercaron a él en los actos culturales que compartían para alabar su actitud y alguna, incluso le propuso un bis a bis, mientras le aseguraba que quien se merecía la paliza "era la zorra de su mujer".
Nuestro hombre no aceptó la compasión de sus compañeros, ni sucumbió a los intentos de seducción de las reclusas. Cumplió su pena con escrupuloso rigor, trabajando en la biblioteca, y ganó reputación de hombre beatífico, por la amabilidad con la que trataba a todos y porque nunca tuvo una mala palabra para su ya exmujer ni para su desdichado amante. Cuando cumplió el tiempo necesario para obtener la libertad provisional, salió de la prisión y aquí está, dejando pasar el tiempo antes de decidir qué hacer con su vida.
En cuanto a sus libros, una de sus tareas fue renovar la biblioteca de la prisión provincial, depurando libros que ya no tenía sentido que tuvieran allí. ¿Quién iba a leer a Spengler entre los reclusos si ninguno de nuestros estudiantes, e incluso diría que algunos de algunos de nuestros colegas, son ya capaces de leerlo?».
Todas quedamos asombradas del giro de la historia y comenzamos a mirar a nuestro vecino de mesa con cierto respeto, salvo Micaela que, airada, nos recriminó sentir empatía por un criminal machista. Dejamos el tema para no enrarecer el ambiente entre las amigas y quedamos en que el lunes Micaela nos traería su historia.
El lunes apareció Micaela vestida de oscuro, las mejillas ligeramente aderezadas y con los labios pintados de un rojo intenso. Dado que ella normalmente usaba atuendos coloristas, no se maquillaba, ni usaba pintalabios, salvo alguna vez brillo labial, nos sorprendió y nos hizo sospechar que su historia iba a ser no solo eso, sino también una representación o un alegato.
Como había tenido todo el fin de semana para imaginarla, la había escrito al completo y comenzó su lectura controlando de modo evidente la respiración.
«Alfredo es un tipo narcisista, extravagante, obsesivo y violento. Su forma de vestir es la de un hombre adinerado, aunque enormemente avaro. Se trata de la clase de personas que menosprecian a los demás, especialmente a los clientes de la cafetería, gente humilde, a la que considera seres faltos de voluntad y energía para enfrentarse a la vida, y que se conforman con sus empleos humildes o, lo que es peor, con los subsidios que obtienen de la Administración, financiadas con el dinero que pagamos todos.
Escribe en su libreta una especie de Mein Kampf del siglo XXI, una historia de su lucha contra las iniquidades del mundo, de la conspiración de los vulgares, de los hombres masa contra las personas como él, los únicos con merecimientos para vivir en sociedad. Lee obsesivamente a Ortega y a Spengler, pero los malinterpreta sistemáticamente, carente de la más mínima capacidad crítica.
Además, desprecia a las mujeres, las considera una parte del submundo, junto a los imbéciles y los inútiles. Sin embargo, también es un gran seductor: puede ser elegante, presumido y zalamero cuando quiere. Sabe tratar a las mujeres con extraordinaria amabilidad, halagarlas hasta hacerlas sentir tan seductoras como Cleopatra o Helena. Cuanta más resistencia oponen ellas, más apasionado se muestra él, hasta que logra la rendición.
Seguidamente comienza el segundo acto. Una vez encandilada, comienzan los sutiles menosprecios, las amenazas veladas de abandonarla, los conatos de violencia que no llegan a materializarse. Pero en cuando ella comienza a pensar en romper la relación, vuelve el hechicero, el hombre amable y encantador, arrepentido "de alguna salida de tono", que justifica por su inconmensurable amor por ella, hasta ganarla de nuevo.
Todo en un ciclo que no parece tener fin, pero que a cada vuelta agranda la violencia y la humillación. Hasta que llega un momento en que deja de ser una amenaza y se convierte en realidad.
Alfredo es un maltratador, agredió a su esposa y lleva una pulsera de vigilancia, pero no desiste. Todas las mañanas en la cafetería, espera a que ella pase por delante del ventanal abierto a la avenida. Esta no es una ruta habitual de su exmujer, pero él sabe que una amiga vive cerca y que tarde o temprano, ella pasará por allí. Por eso va todos los días a la cafetería, a esperarla, ansioso de verla venir desde lejos, impaciente por ver cómo palidece cuando el dispositivo móvil le lance la señal de que él está cerca, verla nerviosa, sin saber qué hacer y darse la vuelta huyendo del lugar a toda prisa. Cuando esto ocurra y ella ya no vuelva a visitar la casa de su amiga, él buscará otro lugar, no una ruta habitual de ella, pero por la que alguna vez deba transitar. Es una ciudad pequeña, esto no es difícil.
Su vida se centra en dos objetivos: que ella sepa que, en cualquier momento ,en cualquier lugar, él puede estar cerca. Y en tener una coartada para cuando la policía lo interrogue ».
Tras su relato, todas quedamos en silencio. Sabíamos del reciente divorcio de Micaela, pero nunca nos habló de violencia. Pensamos que su ruptura no fue más que un caso habitual en la gente de nuestra edad que, un día, al levantarse de la cama, se les cae el velo de ignorancia y descubren que la persona con la que comparten lecho no es, en absoluto, de la que estuvieron enamorados. Así que sospechamos que el Alfredo de su relato era el retrato de su exmarido y nos preocupó enormemente que la situación de acoso descrita permaneciera en la actualidad. Pero no dijimos nada, de tan atónitas como estábamos. Antes de que alguna de nosotras pudiera tomar la iniciativa, Micaela se levantó, adujo como excusa una reunión a la que llegaba tarde y se marchó de la cafetería.
El martes era mi turno, ese día acudimos alegres y desenfadadas, también Micaela. Con una mirada cómplice decidimos no tratar de los problemas de nuestra amiga esa mañana. Yo les prometí un relato oral corto y con final sorprendente.
—Alfredo —dije— es un hombre culto y melancólico, al que le gusta leer a los filósofos vitalistas: Ortega, Bergson, Nietzsche... y a Spengler, con quien comparte su determinismo pesimista de la historia. Adora la música de Wagner y Mahler, sobre todo cuando ambos llevan la tonalidad a una tensión máxima, el "acorde Tristán" es para él uno de los momentos más sublimes de la historia de la música.
También es aficionado a la escritura: ahora mismo está sumergido en un relato de ficción en esa libreta mugrienta en la que escribe. Le gusta venir a la cafetería porque en el bullicio consigue concentrase más que en el estudio de su casa. En el silencio las ideas parecen vagar y no tener consistencia; pero en la cafetería, el esfuerzo para abstraerse del ruido, les da una solidez y consistencia inesperada.
No sabemos ni dónde vive, ni su estado civil, solo su carácter retraído y metódico. Apenas habla con nadie y se las apaña para pagar siempre con el precio exacto del café.
—¿Y sobre qué escribe? —preguntó Berta.
—Escribe sobre cuatro amigas que trabajan en la Universidad y bajan todos los días a tomar juntas el café de media mañana.
—¿Está escribiendo sobre nosotras?—preguntaron Carolina y Micaela al unísono, entre animadas y alarmadas por lo que pudiera contener el relato.
—Escribe las historias con las que ellas fabulan sobre un hombre que escribe en la cafetería y lee a Spengler.
—No lo entiendo —dijo Carolina.
—Yo tampoco —apostilló Micaela.
—¿No estarás insinuando que nosotras no somos reales, sino solo la ficción de un tipo que escribe en una cafetería? —preguntó Berta, que siempre fue la más perspicaz de todas nosotras.
—Acompañadme —les dije.
Y las cuatro nos acercamos al escritor, que no levantó la vista para mirarnos.
—Ahora, observad como pone el punto final.
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