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Óleo de Cristina Megía

domingo, 26 de abril de 2026

Las amigas

 

Todas las mañanas, cuando mis amigas y yo bajábamos a desayunar a la cafetería que hay cerca de la Universidad, lo veíamos absorto en la escritura sobre una libreta. Sentado siempre en la misma mesa, junto al ventanal, con una taza de café ya acabada y un libro desvencijado junto a la taza. Al principio no le prestamos atención, pero la repetición día tras día de la misma escena, despertó nuestra curiosidad. 

—¿Será un poeta bohemio, como los que escribían en los cafés de París hace un siglo?, preguntaba Micaela.

 —¿O acaso un loco que escribe sus desvaríos, creyéndose un poeta bohemio como los que escribían en los cafésde París hace un siglo?, —apostillaba Carolina con ironía. Y todas nos reíamos de nuestras propias ocurrencias.

Era un tipo de aspecto común: mediana edad, más viejo que joven, ni muy alto ni muy bajo y de complexión delgada, aunque no frágil. Vestía de modo informal, con ropa de calidad, aunque un tanto ajada, como si viviera de las rentas de tiempos mejores. Usaba siempre un pantalón de varios bolsillos, camisas sin corbata y chaqueta; incluso en lo más crudo del invierno, nunca le vimos un abrigo o un paraguas. No sabemos cómo se guarecía de la lluvia o del intenso frío, porque siempre llegaba antes que nosotras y todavía permanecía en su mesa cuando nos marchábamos. Supusimos que viviría cerca de la cafetería.

Magda, la camarera que servía las mesas, una chica más joven que nosotras, simpática y desenvuelta, nos dijo que comenzó a ir a la cafetería unos meses antes que nosotras. Llegaba a primera hora y permanecía hasta media mañana en la misma mesa, ante la desesperación del dueño que, en las horas de más bullicio, se quejaba de que era un abuso ocupar tanto tiempo una mesa con solo un café. No sabía el nombre del cliente, solo que cada día pedia un café con leche y un vaso de agua de modo amable y que, cuando se marchaba, siempre dejaba en la barra el importe exacto de la consumición. Jamás lo vio hablar con nadie,  solo intercambiaba saludos de cortesía con los parroquianos habituales, las más de las veces con un mero gesto con la cabeza. Lo más curioso, nos advirtió Magda, es que siempre está leyendo, pero en cuanto llegamos las cuatro, comienza a escribir en su libreta y solo cuando nos marchamos vuelve a la lectura. Aquella información avivó nuestra curiosidad, al sospechar que su escritura pudiera estar relacionada con nosotras.

Berta, que es la más observadora de las cuatro, fue capaz de predecir, ante el asombro de las otras tres, qué camisa llevaría cada día. Había detectado que su vestimenta seguía un ciclo uniforme, cambiaba de pantalón cada semana, y de camisa cada día, siguiendo la misma rutina: lunes camisa azul, martes a rayas finas verdes, miércoles en tono beige, etc. Cuando todas alabamos sus dotes adivinatorias, ella le quitó importancia. 

—Soy socióloga, estoy acostumbrada a descubrir patrones, —respondió.

Sin embargo, aquella observación delataba a un tipo un tanto obsesivo o maniático, lo que nos provocaba cierto desasosiego.

Magda nos había dicho que siempre estaba leyendo un libro viejo o escribiendo en la libreta. Nosotras, por nuestra parte,  nuca lo vimos  hojear el periódico o mirar un telefonillo que, de tenerlo, debía estar guardado en algún bolsillo; tampoco oímos nunca sonar el timbre de una llamada o de un mensaje. A veces se quedaba ensimismado mirando al vacío, con un ligero rictus en los labios, que podría interpretarse como una ensoñación o, quién sabe, una muestra de enajenación.

El cuaderno era un bloc cuadriculado, tamaño cuartilla, de esos que usan los escolares, desgastado por el uso y con algunas manchas en la tapa. Los libros que leía eran tan viejos, que podía percibirse desde nuestra mesa el olor a polvo incrustado entre sus páginas durante decenios. No sabíamos bien de qué trataban, pese a que lo intentamos más de una vez aguzando la vista desde nuestra mesa. Solo en una ocasión, en la que disimuladamente pasé junto a él, camino de cuarto de baño, puede leer el título y el autor de la obra que llevaba ese día:  «La decadencia de Occidente» de Oswald Spengler.

Mis amigas y yo trabajamos en distintos departamentos de la Universidad, pero todas en el mismo campus: Micaela es directora de recursos humanos, Carolina, gerente de la Facultad de Sociología, Berta, profesora de Psicología Social y yo de Literatura Comparada. Todas hemos rebasado ya los cuarenta, pero cuando nos juntamos para el desayuno o algún viaje corto y ocasional, nadie diría, por nuestro comportamiento, que hubiéramos llegado siquiera a la treintena.

Empezamos, como una diversión, a especular sobre el individuo. Hasta que Berta, siempre tan ingeniosa, propuso un juego: durante los siguientes días cada una de nosotras llevaría inventada una historia sobre esa persona, al final votaríamos el relato ganador y la vencedora sería invitada al desayuno por las demás durante una semana. La historia podría llevarse por escrito o ser oral, el único requisito es que fuera coherente con lo poco que sabíamos de él. Todas asentimos entusiasmadas y, desde ese momento, comenzó nuestra mente a fantasear posibles relatos.

—Por cierto, lo llamaremos Alfredo —añadió Berta.